La esperada adaptación de La Nena, que cierra esta demoledora tercera temporada de la saga iniciada con La Novia Gitana, concluye dejándonos con el corazón en un puño y la certeza de que nadie sale ileso de esta historia.
Si las anteriores temporadas ya nos acostumbraron a ver un tipo de violencia de lo más incómoda, esta tanda de episodios eleva la apuesta hacia algo mucho más oscuro.
Paco Cabezas vuelve a demostrar su maestría para incomodar al espectador a través de la cámara, sumergiéndonos en una atmósfera claustrofóbica donde la cacería contra los restos de la Red Púrpura y la misteriosa figura de 'la madre' pasa a un segundo plano para centrarse en las heridas, ya incurables, de unos personajes al borde del abismo.
| Contiene Spoilers |
El motor de esta temporada ha sido la radical dispersión de un equipo que creíamos indestructible.
Elena Blanco, magistralmente interpretada por una dolorida Nerea Barros, arranca la historia completamente desparecida y rota tras la muerte de su hijo Lucas, una inspectora que busca cierta distancia con el mundo y que solo mantiene contacto con Mariajo, la infalible Mona Martínez, quien actúa como su único cable a tierra y protectora de secretos.
El regreso de Elena a la acción llegó para mi gusto algo tarde y no nace de la vocación, sino de la más pura necesidad cuando la brutalidad vuelve a llamar a su puerta, regalándonos una evolución del personaje mucho más introspectiva y desesperada que en años anteriores.
En el polo opuesto encontramos a Chesca, encarnada por una Lucía Martín Abelló maravillosa interpretativamente hablando, quien se echa a las espaldas el peso más amargo y descarnado de la temporada. Su descenso a una guerra personal, atrapada en una red de tortura, venganza y supervivencia extrema en esa tétrica granja, nos ha brindado los momentos más explícitos y angustiosos de toda la trilogía, separándola definitivamente de la disciplina de la BAC y convirtiéndola en alguien oscuro.
El resto de la brigada no corre mejor suerte en esta deconstrucción. Ángel Zárate e Ignacio Montes sostienen el tipo en medio de un equipo desdibujado por las bajas y la desconfianza, atrapado en una huida hacia adelante donde las reglas profesionales se han disuelto por completo.
La incorporación de nuevos rostros y antagonistas como los interpretados por Eduardo Casanova añaden una capa de locura y extravagancia casi grotesca que encaja a la perfección con el tono enfermizo de los episodios.
Mientras que Orduño y Buendía intentan mantener a flote lo poco que queda de la cordura del departamento, donde el espectador asiste a un desfile de violencia justiciera donde los límites entre los monstruos que persiguen y los propios policías se vuelven peligrosamente difusos.
El cierre de La Nena no busca la redención ni el final feliz, sino hacer justicia al tono implacable de la novela. Con una factura técnica impecable que explota los escenarios de Madrid y Canarias con tintes casi de pesadilla, la serie se despide por todo lo alto, demostrando que el verdadero peligro no era descubrir quién estaba detrás de la organización, sino sobrevivir a lo que descubres de ti mismo cuando te adentras en la oscuridad.
Una temporada notable, asfixiante y profundamente física que consolida este universo como uno de los hitos más valientes y perturbadores de nuestra ficción televisiva reciente.
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