El Último Pase de Medianoche
"Seis amigos acuden al cine Vesperia la noche de Halloween para asistir a una misteriosa sesión de medianoche. Pronto descubren que la película muestra sus propios movimientos y anticipa sucesos aterradores que aún no han ocurrido. Atrapados en una pesadilla donde la ficción y la realidad se confunden, tendrán que escapar antes de que sea demasiado tarde. Porque hay películas que es mejor no ver hasta el final."
Siempre he tenido una fascinación inquietante por Halloween. Desde pequeña me han gustado las películas de terror, las historias a la luz de una linterna, las casas abandonadas y las atracciones de miedo. Mi madre siempre me llamaba la “rarita” por tener aquella afición, pero no había época del año que disfrutara más que la del mes de octubre.
Por eso, cuando mis amigos me propusieron ir al cine la noche de Halloween, no pude decir que no. Aunque, por supuesto, puse una condición: todos teníamos que ir disfrazados. Si íbamos a pasar la noche viendo una película de terror, lo mínimo era estar a la altura de las circunstancias.
Y ¿quién iba a ser yo si no escogía un disfraz a la altura de la ocasión? Esta vez, tenía que ir sí o sí de muñeca rota.
Llevaba un vestido color crema con el bajo desgarrado, las medias rasgadas y unas grietas que yo misma me dibujé sobre la piel pálida de mi cara. Me maquillé los labios de un rosa casi infantil que no pegaba nada con el atuendo, pero que le daba ese toque pijo que yo tenía en situaciones normales, y oscurecí los ojos hasta conseguir que parecieran dos agujeros vacíos. El toque final se lo dí a las pequeñas líneas negras que recorrían mis mejillas, como si alguien hubiera intentado recomponerme después de hacerme añicos.
Tengo que reconocer que esta vez me superé con el resultado. Lo supe cuando un niño que esperaba con su padre a la entrada del cine me vio y se escondió detrás de su abrigo.
Sonreí.
Entonces el niño señaló mi reflejo en la cristalera.
—Papá —susurró—. ¿Por qué la otra niña no sonríe?
Me volví hacia el cristal.
Mi reflejo seguía allí, con la cara blanca, las mejillas agrietadas y la sonrisa torcida que tanto me había costado dibujar. Incliné la cabeza a la derecha. La muñeca del cristal hizo lo propio.
Me acerqué un poco, intentando distinguir qué había visto el niño. La iluminación del vestíbulo se reflejaba sobre el cristal, mezclándose con las luces anaranjadas de las farolas y las guirnaldas de calabazas que decoraban la entrada. Quizás el ángulo distorsionaba mi cara. Quizás el niño tenía demasiada imaginación.
O quizás yo había conseguido crear un disfraz mucho más aterrador de lo que imaginaba.
—¿Qué pasa? —preguntó mi madre desde la puerta del cine.
Había insistido mucho en acompañarme hasta allí, a pesar de repetirle en reiteradas ocasiones que ya no era una niña pequeña a la que cuidar. Pero según ella, una cosa era tener dieciocho años y otra muy distinta dejarme caminar sola por la ciudad de noche. Y en Halloween. Al menos conseguí convencerla de que después de dejarme, se volviese a casa.
Cuando me giré para volver a mirar al niño, ya no estaba.
Me encogí de hombros y me ajusté la cinta negra que llevaba en el cuello.
—Nada. Un niño se ha asustado —contesté—. Pero ¿qué gracia tiene disfrazarse en Halloween si no consigues asustar a algún niño?
—¡Amanda! —exclamó mi madre—. Algún día acabarás asustándote tú. Ya lo verás.
—Ese es el objetivo, mamá.
Me dio un beso en la frente, con cuidado para no estropearme el maquillaje, y se despidió con la misma expresión de preocupación de siempre.
Entonces mi móvil vibró.
Lucía: Estamos dentro. Como llegues tarde, te dejamos fuera.
Sonreí y guardé el móvil en el bolsillo oculto de mi disfraz.
Lo que no sabía es que antes de que terminara la noche, iba a desear haberme quedado en casa.
El cine Vesperia se alzaba frente a mí como un edificio que hubiese sobrevivido a demasiadas películas de terror. La fachada, de piedra oscurecida por la lluvia, conservaba todavía las letras doradas de su nombre, aunque algunas se habían desprendido y otras apenas podían leerse. Sobre las puertas de cristal colgaba un cartel que anunciaba su cierre definitivo.
Y aquella sería su última noche.
Me había enterado del cierre unos días antes, cuando el cine publicó un breve comunicado en sus redes sociales. La noticia me entristeció más de lo que esperaba. El Vesperia era uno de esos lugares que parecían pertenecer a otra época, con sus butacas de terciopelo gastado, sus pasillos estrechos y el olor a palomitas que se quedaba pegado a las paredes.
Por eso, cuando Lucía encontró un anuncio de una supuesta sesión especial de Halloween, convenció al resto para ir.
La película era un misterio. No aparecía ningún título en la web, no había tráiler, tampoco sinopsis. Solo una frase:
«PASE DE MEDIANOCHE. UNA ÚNICA PROYECCIÓN.»
Para quienes todavía creen en las sombras.
A mí me pareció una estrategia publicitaria brillante.
Pero ahora, no estoy tan segura de que fuera así.
Lucía me esperaba junto a la entrada de la sala con una capa negra que casi arrastraba por el suelo y unos colmillos de vampira que le daban un aire ridículamente divertido.
—Cinco minutos más y te dejamos aquí fuera con los fantasmas —dijo.
—Qué poca consideración. Y yo que me había esforzado tanto en venir muerta de casa.
Puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar reírse.
Los demás estaban repartidos por el vestíbulo, comparando disfraces y discutiendo sobre cuál de nosotros conseguiría asustar a más gente durante la noche.
Marcos, que llevaba una chaqueta de cuero y una camiseta manchada de sangre falsa, aseguraba que su disfraz de asesino era el más realista. Irene, vestida de bruja, sostenía una pequeña escoba entre las manos y decía que, si él seguía presumiendo, iba a utilizarla para golpearlo. Álex llevaba una máscara de calavera que no se había quitado desde que llegamos, y Claudia había elegido un vestido blanco con manchas rojas que la convertían en una novia cadáver bastante convincente.
Conmigo éramos seis.
Seis amigos, seis disfraces y una película cuyo título nadie conocía.
—¿Habéis averiguado algo? —pregunté mientras nos acercábamos a la taquilla.
—Nada —contestó Claudia—. El hombre de la entrada dice que no puede contarnos de qué va.
—¿Y si es una película malísima? —preguntó Irene—. ¿Y si nos ponen una de esas películas experimentales en las que no pasa nada durante dos horas y al final resulta que todo era un sueño?
—¿Cómo en Los Serrano? —bromeé—. Bueno, en ese caso, habremos pagado por sufrir de una forma diferente.
Marcos soltó una carcajada.
—Eso sí que es terror psicológico.
El hombre de la taquilla no se rio.
Era anciano, de espalda encorvada, y llevaba un traje negro que parecía demasiado grande para su cuerpo. Tenía los ojos hundidos y unas manos tan pálidas que, cuando nos entregó las entradas, pensé en los dedos de un cadáver.
—Sala cuatro —dijo—. Fila siete. No os separéis.
Miré las entradas.
Todas indicaban la misma fila y nuestros asientos estaban juntos, del siete al doce.
—¿Por qué no deberíamos separarnos? —preguntó Álex, levantándose ligeramente la máscara.
El hombre lo miró sin pestañear.
—Porque esta noche no conviene quedarse solo.
Durante un instante, nadie dijo nada. Después, Marcos empezó a reírse.
—Muy bien. El personal del cine también está metido en el espectáculo.
—Eso espero —murmuré.
Entramos en la sala cuatro.
El aire olía a polvo, humedad y algo más difícil de identificar. Algo parecido al metal oxidado. Las paredes estaban cubiertas de un papel rojo oscuro que se desprendía en algunas esquinas, y las lámparas de los pasillos proyectaban una luz amarillenta que hacía que todo pareciera antiguo, incluyéndonos a nosotros.
Nos acomodamos en nuestros asientos. Dejé la botella de agua que había traído de casa en un lateral de la butaca y me alisé el vestido sobre las rodillas.
—Esto es increíble —susurró Lucía—. Parece que estamos dentro de una película.
—No lo digas muy alto —contesté—. Luego aparece un asesino detrás de la pantalla y me toca correr con estas medias.
—Si aparece un asesino, tú vas primera. Vas vestida para la ocasión.
Le di un codazo.
La sala estaba casi vacía. Aparte de nosotros, distinguí a una mujer mayor sentada unas filas más adelante, con un velo negro que le cubría la cabeza y parte del rostro. No parecía que hubiese ido acompañada. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y permanecía completamente inmóvil.
Me pregunté si también habría conseguido una entrada para el pase secreto o si, simplemente, llevaba allí tantos años que el cine había terminado por considerarla parte del mobiliario.
Las puertas se cerraron con un golpe seco que nos hizo dar un bote en el asiento.
Las conversaciones fueron apagándose. Una luz roja se encendió sobre la salida y, en la pared lateral, un reloj marcó las once y cincuenta y nueve.
—Bueno —susurró Marcos—. Que empiece el espectáculo.
Cuando el reloj cambió a las doce, las luces se apagaron.
No hubo anuncios, ni logotipos de productoras, ni música de introducción.
La pantalla permaneció negra.
Entonces apareció un número blanco.
3
2
1
La imagen parpadeó y apareció una puerta de doble hoja.
La reconocí al instante.
Era la puerta de entrada a la sala cuatro.
—Qué originales —murmuró Irene.
La cámara de la película se acercó lentamente a las puertas. La imagen era en blanco y negro, granulada, como una grabación rescatada de una cinta antigua. El encuadre temblaba ligeramente y unas líneas horizontales atravesaban la pantalla.
Las puertas se abrieron.
La cámara entró en la sala.
Vi las butacas rojas, los pasillos estrechos y las lámparas de las paredes. Todo parecía exactamente igual que donde estábamos sentados, aunque la película tenía un aspecto más viejo, como si alguien hubiese grabado aquel lugar décadas atrás.
La cámara avanzó por el pasillo central.
Entonces me di cuenta de que no estaba viendo una sala vacía.
En la tercera fila había un hombre con una chaqueta de cuero.
Marcos dejó de sonreír.
—¿Ese soy yo? —susurró.
En la pantalla, el hombre sacó un móvil del bolsillo y miró la hora.
Marcos, sentado a mi derecha, bajó la mirada hacia su propio teléfono.
El mismo gesto.
La misma chaqueta.
La misma pequeña mancha de sangre falsa junto al cuello.
—No tiene gracia —dijo.
Nadie contestó.
La cámara siguió avanzando.
En la quinta fila apareció una mujer con un velo negro.
La anciana que teníamos delante no se movió, pero sus dedos se cerraron lentamente sobre el bolso que descansaba en su regazo.
La película mostró entonces la sexta fila.
Estaba vacía.
Al menos, al principio.
Una figura alta apareció al fondo, junto al a pared. Era tan delgada que parecía hecha de sombras estiradas. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado y los brazos demasiado largos, con las manos casi a la altura de las rodillas.
No distinguí su cara.
Solo dos manchas oscuras donde deberían estar los ojos.
—¿Eso forma parte de la película? —susurró Claudia.
—Claro que forma parte de la película —respondió Álex, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. Es una película de terror.
La figura permaneció inmóvil.
La cámara avanzó hasta la séptima fila.
Y entonces me vi a mí misma.
No había ninguna duda.
La chica sentada en la fila siete, asiento doce, llevaba mi vestido color crema, mis medias rotas y las mismas grietas negras dibujadas sobre las mejillas. Tenía el pelo recogido como yo y la cinta negra alrededor del cuello.
Era mi cara.
Mi cuerpo.
Mi disfraz.
Incluso podía distinguir una pequeña mancha de maquillaje junto a la oreja izquierda, donde me había equivocado al terminar de pintar una de las grietas.
La chica de la pantalla miraba al frente, completamente quieta.
Era yo también.
—Esto tiene que ser una broma —dijo Lucía.
Busqué una cámara, una salida para los técnicos, cualquier indicio de que alguien estuviera grabándonos. No encontré nada. La pantalla mostraba la sala desde un ángulo imposible, como si el operador de cámara estuviera sentado detrás de nosotros, a pocos metros de nuestras cabezas.
La chica de la película giró lentamente el rostro hacia la derecha.
Yo no me moví.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña, torcida, demasiado amplia para parecer natural.
Noté que se me enfriaban las manos.
—Yo no estoy haciendo eso —susurré.
Lucía me agarró del brazo.
—¿Qué?
—La sonrisa. Yo no…
No pude terminar la frase.
En la pantalla, mi doble levantó una mano y se tocó la mejilla. Las grietas negras que le cruzaban la piel parecieron abrirse un poco más, como si debajo de ellas hubiera algo vivo que intentara salir.
Después miró directamente a la cámara.
Directamente a mí.
Y movió los labios.
No había sonido, pero entendí las palabras.
Te he encontrado.
Me levanté de golpe.
La butaca chirrió bajo mis piernas y varias cabezas se volvieron hacia mí. En la pantalla, mi doble seguía sentada.
—Nos vamos —dije.
—Espera —respondió Marcos, aunque ya se había puesto en pie—. Puede que haya una explicación.
—Perfecto. Que nos la den fuera.
Me dirigí al pasillo. Lucía y Claudia me siguieron; Irene llamó a Álex, que aún parecía incapaz de apartar los ojos de la pantalla. Marcos fue el último en levantarse.
Llegamos a las puertas de salida.
Tiré de la barra metálica.
No se abrieron.
Lo intenté de nuevo, esta vez con ambas manos.
Nada.
—¿Está atascada? —preguntó Claudia.
Marcos me apartó con cuidado y empujó con el hombro. La puerta tembló en su marco, pero permaneció cerrada.
—No puede ser —murmuró.
Álex buscó el picaporte de la otra hoja. Irene golpeó la puerta con la palma de la mano.
—¡Eh! ¡Abrid!
No hubo respuesta.
Desde el otro lado de la sala llegó el sonido de una butaca al plegarse.
Me volví.
La mujer del velo negro seguía sentada, inmóvil.
En la pantalla, sin embargo, la cámara había dejado de avanzar. La imagen mostraba la sexta fila, donde la figura alta había desaparecido.
Durante un instante pensé que todo había terminado.
Entonces vi que la chica de la pantalla ya no estaba sentada.
Su asiento permanecía vacío.
La cámara se movió hacia arriba, lentamente, hasta enfocar el techo.
La figura estaba allí, pegada a él, como una araña.
Sus brazos se extendían por encima de las butacas. Su cabeza colgaba hacia abajo, y la cara, que hasta entonces había sido una mancha negra, comenzó a adquirir rasgos.
Primero apareció una nariz.
Después, una boca.
Y por último, dos ojos blancos, vacíos.
La criatura sonrió.
Sentí algo húmedo y frío rozándome la nuca.
Me giré con un grito.
No había nadie detrás de mí.
Pero el frío seguía allí, deslizándose por mi cuello como un aliento.
Me llevé la mano a la piel.
Estaba helada.
En la pantalla, la criatura había bajado del techo y se encontraba detrás de mi doble. Sus dedos largos descansaban sobre los hombros de la muñeca, y su boca se acercaba lentamente a su oído.
Mi doble cerró los ojos.
Yo sentí una presión helada sobre el hombro.
—¡Quitádmelo de encima! —grité.
Marcos me agarró y tiró de mí hacia el pasillo. Caí contra su pecho, temblando. La presión desapareció de inmediato.
La película se llenó de líneas blancas. El sonido se convirtió en un chillido agudo y la imagen se deformó hasta quedar reducida a una mancha de luz.
Entonces, durante un segundo, apareció una frase sobre la pantalla negra.
NO ABANDONÉIS VUESTROS ASIENTOS.
—Pues ahora sí que nos vamos —dijo Lucía.
Y, por primera vez en toda la noche, nadie intentó hacer una broma.
Marcos me ayudó a incorporarme.
—¿Estás bien?
Negué con la cabeza. No tenía sentido fingir lo contrario. Sentía el corazón golpeándome las costillas y una sensación desagradable se me había instalado en el estómago.
—He sentido algo —dije—. Alguien me ha tocado.
—No había nadie detrás de ti —respondió Claudia.
—Ya lo sé.
—A lo mejor hay algún mecanismo…
—¿Un mecanismo que me ha dejado la piel como si acabara de meter el cuello en un congelador? —pregunté.
Claudia cerró la boca.
La pantalla volvió a iluminarse.
La cámara mostraba ahora el pasillo de la sala, pero desde el extremo contrario. Nosotros aparecíamos agrupados junto a las puertas, intentando salir. La imagen era tan precisa que distinguí el borde rasgado de mi vestido y el colgante plateado que Lucía llevaba sobre la capa.
Entonces la cámara se desplazó hacia un lateral.
Mostró una puerta estrecha situada debajo de la pantalla, casi oculta por una cortina roja.
Miré hacia el escenario.
La puerta estaba allí.
No la había visto al entrar, pero ahora que sabía dónde buscarla, distinguía el contorno de su marco entre las sombras.
—Hay otra salida —dijo Álex.
—O una entrada para los técnicos —contestó Irene.
—Me da igual lo que sea. Mientras no esté cerrada.
Nos dirigimos hacia el escenario. La luz de emergencia apenas iluminaba el camino y las butacas parecían más altas desde aquel ángulo, como filas de dientes rojos que se alzaban a ambos lados del pasillo.
Al pasar junto a la quinta fila, miré a la mujer del velo.
Seguía allí.
Me detuve un instante.
—Señora, ¿no va a salir?
No respondió.
—Quizá está paralizada del miedo —susurró Lucía.
—O quizá sabe algo que nosotros no —dije.
La mujer levantó la cabeza.
No pude verle la cara, pero tuve la impresión de que me estaba mirando.
Aparté la vista y seguí caminando.
Cuando llegamos a la puerta bajo la pantalla, Marcos probó el picaporte. Estaba frío y cubierto de polvo.
—Cerrada.
—Claro —murmuró Irene—. Porque esta noche no podía ser fácil.
Álex empujó con el hombro. La puerta crujió, pero no cedió.
—A la de tres —dijo Marcos.
Nos colocamos juntos. Conté en voz baja y empujamos al mismo tiempo.
La madera vibró.
Un golpe seco resonó en el interior de la pared.
La puerta se abrió unos centímetros.
Al otro lado había un pasillo estrecho, sin iluminación, que olía a humedad y a yeso viejo.
—Yo voy primero —dijo Marcos.
—Ni hablar —respondí—. Como aparezca algo, quiero que seas tú quien lo vea antes.
—Qué detalle.
Forzó la puerta y entró. Lucía fue detrás, seguida de Claudia, Irene y Álex. Yo me quedé un instante mirando la pantalla.
La imagen había cambiado otra vez.
Mostraba el pasillo por el que acabábamos de entrar.
Pero nosotros todavía no habíamos aparecido.
La cámara avanzó lentamente, rozando las paredes. Al fondo, una puerta daba a un espacio iluminado por una luz pálida.
Entonces oí un golpe detrás de mí.
Me volví.
La criatura estaba en la sexta fila.
No caminaba. Se deslizaba entre las butacas con movimientos lentos, como si sus articulaciones no estuvieran hechas para doblarse en la dirección correcta.
Su cabeza giró hacia mí.
Y supe que me había visto.
—¡Corre! —gritó Marcos desde el pasillo.
No necesité que me lo repitiera.
Entré y tiré de la puerta hasta cerrarla. Algo golpeó la madera desde el otro lado. Una vez. Dos. Tres.
El tercer golpe fue tan fuerte que el marco se astilló.
Marcos empujó un viejo armario contra la puerta mientras nosotros avanzábamos por el pasillo. La madera crujió detrás de nosotros, pero no se rompió.
Por ahora.
El corredor parecía interminable. Las paredes estaban cubiertas de tuberías y cables, y el suelo se inclinaba ligeramente hacia abajo. A cada paso, el ruido de la sala se volvía más lejano.
—¿Dónde estamos? —preguntó Irene.
—En los pasillos de servicio, supongo —respondió Álex.
—¿Y cómo salimos?
Nadie contestó.
Al fondo encontramos una escalera que descendía hacia una puerta metálica. Sobre ella había un cartel casi ilegible que decía SALIDA DE EMERGENCIA.
Marcos probó la manilla.
La puerta se abrió.
El aire de la noche nos golpeó la cara. Salimos a un callejón estrecho, entre el cine y un edificio de ladrillo oscuro. La lluvia había amainado, pero el suelo seguía mojado y reflejaba la luz de las farolas.
Por primera vez desde que empezó la película, pude respirar con normalidad.
Claudia se apoyó contra la pared. Lucía se quitó los colmillos de vampira con manos temblorosas. Irene se echó a reír, pero fue una risa nerviosa, casi desesperada.
—Vale —dijo—. Esto ya no tiene gracia.
Marcos miró a los demás.
—¿Todos bien?
Asentimos.
Éramos seis al entrar en el cine.
Ahora, en el callejón, volví a contarnos.
Yo. Lucía. Marcos. Irene. Álex. Claudia.
Seis.
Todos juntos.
Entonces, desde el interior del cine, llegó un sonido.
El proyector.
Seguía funcionando.
Nos quedamos unos segundos sin movernos, escuchando el zumbido lejano del proyector. No tenía sentido. La película debería haberse detenido cuando salimos de la sala, si es que todo aquello había sido una película.
Pero el ruido continuaba.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo Claudia.
Sacó el móvil. La pantalla se encendió y, durante un instante, pareció que iba a conseguir desbloquearlo. Después, la imagen se congeló.
Lo mismo ocurrió con el mío.
Todos los teléfonos mostraban una pantalla negra.
En el centro apareció un pequeño círculo blanco que giraba lentamente, como el símbolo de carga de un vídeo.
Debajo, unas palabras.
LA PROYECCIÓN NO HA TERMINADO.
Lucía dejó escapar un sonido ahogado.
—No. No, no, no. Yo no he firmado para esto.
—Tiene que haber alguien detrás —dijo Álex—. El dueño del cine, el proyeccionista, quien sea. Nos han encerrado para grabar una especie de broma macabra.
—¿Y el aliento en my cuello? —pregunté.
Álex no contestó.
Marcos se acercó a la puerta metálica por la que habíamos salido. Miró el callejón, luego el edificio.
—Podemos alejarnos y buscar ayuda.
—¿Y si la película sigue mostrando lo que hacemos? —preguntó Irene—. ¿Y si esa cosa sale por aquí?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Yo volví a pensar en la cristalera del vestíbulo. En el niño señalando mi reflejo. En sus palabras.
¿Por qué la otra niña no sonríe?
Había pasado toda la noche convencida de que el niño se había asustado de mi disfraz. Pero ¿y si había visto algo que yo no? ¿Y si el reflejo no había sido una simple distorsión de la luz?
Me acerqué a la pared del cine. Una pequeña ventana, alta y estrecha, daba a una de las salas interiores. Me puse de puntillas para mirar por ella.
Desde allí solo podía ver una parte de la pantalla.
La película seguía proyectándose.
La imagen mostraba la sala cuatro desde el escenario. Las butacas estaban vacías, salvo por una figura sentada en la quinta fila.
La mujer del velo negro.
Sentí que se me helaba la sangre.
La cámara se acercó a ella. La mujer permaneció inmóvil mientras la imagen temblaba y las líneas de la película se multiplicaban. Después, con una lentitud insoportable, se llevó las manos a la cabeza y se quitó el velo.
Debajo no había una anciana.
Había una joven.
Su piel era blanca como la porcelana, sin una sola arruga. Sus ojos eran completamente blancos, sin pupilas ni iris. Y sus labios estaban curvados en una sonrisa que parecía demasiado grande para su rostro.
Era la misma sonrisa que había visto en mi doble.
La joven miró directamente a la cámara.
Después levantó una mano y señaló hacia nosotros.
La imagen se cortó.
En la pantalla apareció un mensaje:
GRACIAS POR SER PARTE DE LA ÚLTIMA FUNCIÓN.
Me aparté de la ventana.
—Tenemos que irnos. Ahora.
No hizo falta convencer a nadie. Echamos a correr hacia la salida del callejón, sin mirar atrás. Al llegar a la calle principal, las luces de los comercios y el murmullo de la gente disfrazada nos parecieron lo más hermoso que habíamos visto en la vida.
Había brujas, vampiros, esqueletos y niños con máscaras de monstruos. La ciudad seguía celebrando Halloween como si nada hubiera ocurrido.
Nadie parecía haber oído nuestros gritos.
Nadie parecía saber que, detrás de las puertas del Vesperia, algo había despertado.
Cuando por fin nos detuvimos, varias calles más allá, Lucía me abrazó con tanta fuerza que casi me arrancó la cinta negra del cuello.
—No vuelvo a ver una película de terror en mi vida —dijo.
—Eso dijiste después de La casa de las muñecas —le recordé.
—Esta vez lo digo en serio.
Marcos se pasó una mano por el pelo húmedo.
—No podemos contar esto a nadie. Nos tomarían por locos.
—A lo mejor lo estamos —murmuró Irene.
Nadie se rio.
Miré hacia atrás. Desde donde estábamos, el cine apenas se distinguía entre los edificios. Sin embargo, por encima de los tejados, pude ver una luz parpadeando en una de sus ventanas.
La sala cuatro.
El proyector seguía encendido.
Y, aunque no podía verla con claridad, habría jurado que había alguien de pie frente a la pantalla.
Alguien que llevaba un vestido color crema.
No dormí aquella noche.
Cuando llegué a casa, me quité el disfraz en silencio y dejé el vestido sobre una silla. Me lavé la cara una vez, dos, tres veces, hasta que el agua dejó de salir manchada de maquillaje. Las grietas negras desaparecieron poco a poco de mis mejillas, pero la sensación de frío en la nuca no se fue.
Tampoco conseguí olvidar la película.
Durante los días siguientes, intenté encontrar una explicación. Busqué información sobre el Vesperia, sobre su dueño y sobre las antiguas salas de proyección. Encontré fotografías del cine en sus primeros años, anuncios de películas que ya nadie recordaba y noticias sobre su cierre definitivo.
Nada sobre el pase de medianoche.
Nada sobre la mujer del velo.
Nada sobre una película que mostrara el futuro de quienes la estaban viendo.
Mis amigos y yo hablamos de lo ocurrido solo una vez más. Quedamos en una cafetería, a plena luz del día, y tratamos de ordenar nuestros recuerdos. Cada uno había sentido algo distinto: Marcos recordaba los golpes en la puerta, Claudia insistía en que había oído pasos detrás de nosotros y Álex juraba que la criatura no tenía rostro hasta el momento en que se acercó a mi doble.
Pero todos coincidíamos en una cosa.
La película nos había mostrado antes de que ocurrieran las cosas.
Y la mujer del velo había permanecido en la sala cuando nosotros escapamos.
No volvimos a saber nada de ella.
El Vesperia cerró sus puertas a la mañana siguiente. Las letras doradas fueron retiradas de la fachada y las ventanas quedaron cubiertas por paneles de madera. Unos días después, alguien publicó una fotografía del edificio en internet. En ella, una de las ventanas del piso superior aparecía iluminada.
La imagen se hizo viral durante unas horas.
La mayoría de los comentarios hablaban de reflejos, de luces olvidadas o de alguna broma de Halloween que había llegado tarde.
Yo no comenté nada.
Guardé la fotografía en una carpeta de mi ordenador y empecé a escribir.
Llevaba meses sin terminar una historia. Mi blog de cine, que antes actualizaba varias veces por semana, se había convertido en un lugar abandonado, lleno de reseñas a medio hacer y borradores que nunca llegaban a publicarse. Siempre había pensado que necesitaba encontrar una película extraordinaria para recuperar la inspiración.
No había imaginado que bastaría con vivir una.
Al principio escribí sobre el cine, sobre el pase secreto y sobre la criatura que se movía entre las butacas. Después añadí el detalle de la mujer del velo y la frase que apareció al final de la proyección.
Pero cuando llegué al momento en que mi doble sonreía desde la pantalla, me detuve.
No había contado aquella parte a mis amigos.
No les había dicho que, cuando la cámara se acercó a mi rostro, vi algo más.
Detrás de mi doble, casi oculto por las sombras, había otra chica sentada en la última fila.
Llevaba un vestido color crema.
Tenía las mejillas agrietadas y una cinta negra alrededor del cuello.
Y, a diferencia de mi doble, no sonreía.
Al principio pensé que era un error de la imagen, una mancha de celuloide o una sombra mal proyectada. Pero cuanto más miraba la fotografía que había conseguido guardar de la pantalla, más convencida estaba de que aquella figura había estado allí desde el principio.
Esperando.
Aquella noche abrí la carpeta donde había guardado las fotografías del Vesperia. Quería revisar una última vez la imagen de la ventana iluminada. Tal vez, si ampliaba el encuadre, podría distinguir qué había detrás del cristal.
Abrí el archivo.
La ventana estaba oscura.
Pero había algo reflejado en el cristal.
Una habitación. Una lámpara. Mi escritorio.
Y yo, sentada frente al ordenador, con el pelo recogido y la cara iluminada por la pantalla.
Me quedé inmóvil.
La fotografía se había tomado desde la calle, a varios kilómetros de mi casa. Era imposible que reflejara mi habitación.
Me acerqué al monitor.
En el cristal de la ventana del Vesperia, mi reflejo levantó la cabeza.
Yo no lo hice.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
La figura del cristal tenía la cara blanca, las mejillas agrietadas y los labios pintados de un rosa infantil. Llevaba el vestido color crema que había dejado sobre la silla.
Mi vestido.
Entonces sonrió.
Una grieta negra apareció en la pantalla, atravesando la fotografía de arriba abajo. El ordenador emitió un chasquido y la imagen se volvió completamente negra.
Durante unos segundos, no ocurrió nada.
Después, el documento en el que estaba escribiendo se abrió solo.
Al final del relato apareció una frase que yo no había tecleado:
GRACIAS POR SER PARTE DE LA ÚLTIMA FUNCIÓN.
Debajo, el cursor comenzó a parpadear.
Esperé, sin respirar, mientras una nueva línea aparecía lentamente en la pantalla.
LA PRÓXIMA PROYECCIÓN SERÁ EN TU CASA.
Entonces oí tres golpes en la puerta de mi habitación.
Suaves.
Pausados.
Como si alguien estuviera llamando para entrar.
No me moví.
Al otro lado, una voz idéntica a la mía susurró:
—¿Me dejas pasar?
Y, en el espejo del armario, la muñeca rota levantó una mano y apoyó los dedos contra el cristal.
Yo no lo hice.










