La Season 23 de NCIS no ha sido otra tanda más de episodios con casos semanales y bromas en el laboratorio. Ha sido, probablemente, el intento más claro de la serie por redefinirse tras más de dos décadas en antena. Y lo curioso es que lo ha conseguido precisamente abrazando todo aquello que durante años intentó evitar: el desgaste, la nostalgia y las consecuencias emocionales reales. Porque sí, NCIS siempre ha tenido drama, pero siento que esta temporada ha sido distinta, quizás porque se ha sentido más pesada, más amarga, e incluso más consciente de sí misma.
Desde el primer episodio se nota que pusieron el foco convertir el legado de la serie en parte activa de la narrativa. Y es que ya no estamos viendo simplemente al tean resolver casos, sino que además estamos viendo a personajes que empiezan a preguntarse si todavía saben quiénes son después de todo lo que han perdido. Y el mejor ejemplo de ello, creo que ha sido Alden Parker, uno de mis personajes favoritos de la serie, e de deciros de paso.
La serie llevaba tiempo intentando que Parker dejase de sentirse como el "sustituto de Gibbs" (aunque realmente fuese el sustito de Gibbs), pero siento que esta temporada por fin le han conseguido dar una identidad propia. El problema es que esa identidad nace desde un lugar muy oscuro, y todo el arco relacionado con Carla Marino funciona porque obliga al personaje a enfrentarse a una obsesión personal que poco a poco lo va alejando de la figura de líder equilibrado que intentaba proyectar.
Lo interesante aquí es que NCIS no suaviza sus decisiones, y de repente Parker pasa de ser comedido a tomar malas decisiones, volverse frío, manipular situaciones e incluso cruzar líneas. Y la serie, en vez de castigarlo inmediatamente, deja que el espectador se pregunte ¿cuánto de Gibbs había realmente en él todo este tiempo?
De hecho, el supuesto regreso indirecto de Gibbs es probablemente uno de los momentos más polémicos que ha hecho la franquicia en años. La idea de insinuar que Gibbs ejecuta a alguien desde Alaska para vengar la muerte de Vance no solo rompe parcialmente el código moral clásico de la serie, sino que además transforma completamente la lectura del personaje. Ya no es el mentor legendario, es casi un fantasma que aparece cuando el sistema deja de funcionar.
Y hablando de Vance... la temporada cambia por completo en el episodio 500. Matar a Leon Vance creo que ha sido algo que nos ha pillado a todos por sorpresa y que se han arriesgado muchísimo haciéndolo. No solo porque Rocky Carroll era una de las últimas conexiones directas con la era dorada de la serie, sino porque Vance representaba estabilidad. Era el personaje que mantenía unido al NCISverse incluso cuando todo lo demás iba cambiando poco a poco.
La serie podría haber convertido su muerte en puro shock barato, pero sorprendentemente consigue darle peso emocional. Hay un aire constante de funeral televisivo durante todo el episodio. Las referencias al pasado, las conversaciones sobre legado y la sensación de agotamiento institucional hacen que el capítulo se sienta más como el final simbólico de una era que como un simple episodio aniversario. Y sinceramente, funciona. Porque por primera vez en mucho tiempo NCIS parece entender que el tiempo importa. Que veinte años tienen consecuencias. Que los personajes envejecen emocionalmente aunque la estructura de la serie siga siendo la misma.
Otro acierto inesperado ha sido McGee. La trama de su hijo adolescente podría haber salido terriblemente mal. Sobre el papel parecía el típico giro de culebrón tardío para darle algo que hacer al personaje, pero Sean Murray hay que reconocer que consigue venderlo bastante bien porque McGee ya no es el "novato tecnológico" de temporadas anteriores, ahora es un hombre agotado, inseguro y claramente asustado ante la posibilidad de convertirse en figura paterna de alguien que llega demasiado tarde a su vida.
La serie incluso deja caer algo bastante inteligente: McGee está empezando a ocupar emocionalmente el espacio que antes tenía Gibbs dentro del equipo. Ya no es el aprendiz que era antes, y poco a poco se está convirtiendo en el veterano que intenta mantener unido todo mientras el resto se derrumba.
En contraste, Torres y Knight representan el lado más clásico y ligero de NCIS. La tensión romántica (porque claramente la hay, por mucho que se quiera decir lo contrario) entre ambos vuelve esta temporada con menos artificio y más naturalidad que en intentos anteriores. No revolucionan la serie, pero sí aportan momentos de humanidad necesarios en una temporada extremadamente cargada emocionalmente. La pregunta ahora es, ¿van a ir por el camino de convertirles oficialmente en pareja romántica o van a seguir siendo los buenos compañeros y amigos que luego sienten celos al verse mutuamente con otras personas?
Y luego está Kasie, que probablemente protagoniza uno de los episodios más infravalorados del año. El episodio donde intentan incriminarla por asesinato funciona precisamente porque toca una de las mayores fortalezas históricas de NCIS, cuando convierte al propio equipo en víctima de la investigación. Hay paranoia, desconfianza y una sensación constante de vulnerabilidad que la serie no suele explotar tan bien.
Ahora bien, la temporada no es perfecta. A veces se nota demasiado el deseo de "hacer historia", y hay que reconocer que algunos episodios fuerzan la nostalgia de manera casi artificial, especialmente cuando mencionan continuamente a Gibbs, Ducky o Abby como si la serie necesitase recordarle al espectador constantemente su propio legado.
También hay ciertos problemas de ritmo. La trama principal tarda demasiado en avanzar en algunos tramos, y varios episodios intermedios parecen desconectados del enorme peso emocional que intenta construir la temporada. Pero incluso con esos defectos, la Season 23 consigue algo muy difícil para una serie de más de veinte años, y es sentirse relevante dentro de sí misma. No porque reinvente el formato, sino porque NCIS sigue siendo NCIS. Hay interrogatorios, autopsias, persecuciones y chistes incómodos de laboratorio, pero debajo de esa estructura clásica hay una sensación nueva de desgaste y cambio irreversible. Y quizá eso sea precisamente lo más interesante de esta temporada. NCIS ya no parece una serie que intenta fingir que nada cambia. Ahora parece una serie que por fin ha entendido que sobrevivir también significa aprender a perder gente por el camino.
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