Sentarse cada tarde a ver La Promesa se ha convertido en una rutina estupenda, pero tengo que ser sincera, echo mucho de menos cuando la serie me hacía emocionarme y me dejaba con ganas de más. Al principio, el palacio era un nido de víboras donde cada semana pasaba algo que parecía más propio de una película de Hollywood que de una serie de sobremesa, pero ahora las aguas están demasiado calmadas, los romances son muy bonitos y la adrenalina ha bajado a mínimos históricos. Por eso, he decidido hacer una recopilación de esos ocho momentazos que nos tuvieron con el corazón en un puño y que, por desgracia, ya no ocurren.
Para mí, lo que pasó con el Barón de Linaja es el mejor ejemplo de lo que echo de menos. Cuando Pía lo mató para defenderse y Jana, María Fernández y Teresa se unieron para esconder el cuerpo, la serie alcanzó su cumbre. Me pareció brillante cómo unieron a las sirvientas en un secreto tan oscuro. El miedo a que las pillaran te mantenía pegado a la pantalla cada tarde. Ahora el servicio solo habla de amoríos y cotilleos y ya no hay esa sensación de peligro real y de unión extrema ante una situación límite.
Lo de Jimena fue una montaña rusa. Desde el embarazo falso hasta el incendio, su personaje llevó la tensión al extremo, pero su final, saltando por la barandilla del palacio, fue historia de la serie aunque también algoo impactante de ver por mucha ficción que fuera. Creo que los guionistas tuvieron muchísima valentía al cerrar su historia de una forma tan trágica y cruda. Echo de menos esos cierres de trama que te dejaban con la boca abierta, sobre todo teniendo en cuenta que ahora todo se resuelve con conversaciones largas y menos acción.
Si tengo que elegir el momento que me demostró que La Promesa iba en serio, es el asesinato de Tomás en el primer episodio (aunque no descubriésemos la verdad hasta mucho después). Ver a Cruz y a Petra compinchadas para quitar de en medio al heredero con total frialdad me dejó patidifusa. Fue una declaración de intenciones brutal, y me gustaba mogollón esa Cruz implacable y peligrosa que no se pensaba las cosas dos veces antes de actuar. Es verdad que Petra a veces terminaba siendo un poco plasta, pero también echo de menos su faceta de "villana".
Otro momento que me encantó fue cuando Jana hacía de detective (por mucho que la gente le criticase). Cuando descubrió esa habitación secreta con el pasadizo que llevaba directo al dormitorio de Cruz, la serie ganó un toque de misterio genial. Me parecía divertidísimo verla investigar los secretos del palacio. Es una lástima que esa habitación haya quedado en el olvido, porque le daba a la trama un aire de aventura que rompía muy bien con el drama diario.
Hay que tener mucha imaginación para meter una trama de tráfico de armas en mitad de una serie de época, y por eso me gustó tanto lo de Pelayo (cuánto echo de menos al personaje). Esas cajas de mermelada escondiendo pistolas y bombas en las narices de los marqueses le daban un ritmo espectacular a la serie. Era un suspense diferente, más internacional y arriesgado. Aunque la trama se cerró, creo que la serie ha perdido un punto de originalidad muy necesario.
La maldad de Petra y la complicidad de Cruz llegaron a un punto máximo cuando decidieron robarle el bebé recién nacido a Pía para meterlo en un convento. Mi opinión es que fue una de las tramas más crueles y mejor hiladas, porque movilizó a todo el servicio para rescatar a la criatura. Nos mostró el lado más humano de los de abajo y la cara más monstruosa de los de arriba. Extraño esa maldad retorcida de Petra que te hacía odiarla y amarla a la vez, porque ahora se ha compartido en un personaje demasiado blando.
La forma en que Cruz y Jimena jugaron con la mente de Manuel tras su accidente de avión me indignó todo lo que una trama podría indignarme. Aprovechar su pérdida de memoria para inventarse una realidad paralela y hacerle creer que estaba locamente enamorado de Jimena fue un drama psicológico, porque te daba una rabia enorme ver cómo lo manipulaban, pero tampoco podías despegarte de la pantalla, las cosas como son. Hoy en día los engaños en el palacio son mucho más simples y se descubren enseguida (o directamente se quedan en el cajón de los olvidos) porque ya no se cocinan esas mentiras gigantes que duraban meses.
El regreso de Salvador de la guerra fue un bofetón de realidad que rompió el tono light de la serie. Verlo traumatizado y ciego de un ojo nos mostró una faceta muy madura y dramática de la historia aunque él a ratos se comportase como alguien insoportable. Toda la trama de su recuperación, el miedo a perder a María y la posterior operación que le salvó la vista tuvo una carga emocional tremenda. Echo de menos cuando las consecuencias de lo que pasaba fuera del palacio afectaban de forma tan real y cruda a los personajes de abajo.
Al final, todo esto ha hecho darme cuenta de lo mucho que ha cambiado la serie en estos más de ochocientos episodios, con tramas que ahora no aportan absolutamente nada porque lo interesante ya ocurrió y no parece que vaya a volver. Sigo viendo La Promesa cada día, claro que sí, pero ojalá los guionistas recuperen un poco de esa locura que nos enamoró al principio y nos vuelvan a regalar un buen secreto de los que queman.
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